La noche de las celdas vacías
Una noche de espera termina con un consejero muerto y las puertas de las celdas abiertas.

Por la tarde, Anastacia pidió caminar un poco. El guardia que vigilaba su puerta la acompañó hasta la galería que daba a los jardines.
La princesa, hija del rey Alfred, había regresado del consejo sin lograr liberar a sus amigos, detenidos en el bosque. Flor, su dragona bebé, seguía lejos de ella y ni siquiera habían permitido una visita a las celdas. Su padre había prometido discutir el caso de nuevo a la mañana siguiente.
Anastacia se detuvo ante una ventana. Intentaba ordenar lo que aún podía decir al consejo cuando vio acercarse a Leon.
Casado con Aurora, prima de Anastacia, Leon era uno de los consejeros del rey. Aquella mañana había defendido que investigaran el control sufrido por las criaturas, en vez de considerar solo los ataques.
—¿Has podido ver a Flor? —preguntó.
—No me dejaron. Dijeron que no tenían autorización.
Leon miró al guardia, que se había detenido a unos pasos.
—Quería agradecerte lo que dijiste en la reunión —continuó Anastacia.
—Me habría gustado que sirviera de más.
—Al menos estabas escuchando.
Él se apoyó en el alféizar.
—Tu padre ha convocado otra reunión. Todavía podemos intentarlo.
Anastacia miró los jardines. Las respuestas que quería presentar al consejo las tenía Elyra, la anciana de la Aldea Oculta. Necesitaba hablar con ella antes de que los mismos hombres se reunieran para repetir las mismas dudas.
Llegaron pasos del otro extremo de la galería.

Aurora se acercaba a los dos. Era hija de Charles, el hermano del rey Alfred. Al llegar, tocó el brazo de Leon, su marido.
—Fui a buscarte a tu habitación —le dijo a Anastacia.
—Necesitaba salir un poco.
Aurora observó su rostro y su sonrisa se apagó.
—Leon me ha contado cómo fue la reunión.
—Entonces ya sabes que tendremos otra mañana.
—Sí. ¿Has tenido alguna noticia de los prisioneros?
Anastacia negó con la cabeza.
—Ni siquiera sé si le han dado de comer a Flor.
Aurora apretó la mano de Anastacia.
Anastacia miró a Leon.
—Necesito pediros algo.
El marido de Aurora se apartó del alféizar para escucharla.
—Quiero hablar con Elyra antes de la reunión de mañana.
La anciana que lideraba la Aldea Oculta estaba presa con los demás. En el bosque había reconocido la fuerza que había controlado a los osos, pero un nuevo ataque interrumpió la conversación antes de que Anastacia pudiera hacer todas sus preguntas.
Aurora se acercó más a Anastacia.
—Leon me contó que los osos te atacaron. ¿Eso fue lo que explicó Elyra?
Anastacia le habló de Satobear y Gili, los dos osos parlantes que había encontrado en el bosque. Explicó cómo se habían lanzado contra ella y Flor sin responder a nada, y cómo habían cambiado tras la llegada de dos mariposas rosas.
—Después ni siquiera recordaban lo que habían hecho —dijo—. Se asustaron cuando se lo contamos. Y nos ayudaron a salir de la aldea cuando aparecieron las otras criaturas.
—¿Crees que a ellas les pasó lo mismo?
—Actuaban igual. Elyra conoce esa fuerza. Quizá sepa cómo impedir que vuelva a ocurrir.
Leon escuchaba en silencio. Ya había oído parte del relato en el consejo, pero ahora Anastacia podía explicárselo a Aurora sin que la interrumpieran las preguntas de los otros hombres.
—Si hablo con Elyra hoy, podré llevar alguna respuesta mañana —continuó la princesa—. Si esperamos a la reunión, volverán a decir que no sabemos lo suficiente para soltarlos.
—Mi padre se opondrá —dijo Aurora.
Charles, padre de Aurora y tío de Anastacia, había defendido mantenerlos presos. Su puesto en el consejo lo sentaba a la misma mesa que Leon, aunque los dos habían discrepado durante el juicio.
—Lo sé —respondió Anastacia—. Pero no pido que abran las celdas. Quiero hablar con ella. Puede haber un guardia con nosotros.
Aurora miró a su marido.
—¿Podrías conseguir una visita?
Leon tardó un poco en responder.
—Puedo intentarlo.
—Solo no lleves a Anastacia a las celdas sin autorización —le dijo Aurora a Leon—. No quiero que tenga más problemas con el rey.
—Intentaré conseguir el permiso —respondió Leon. Después se volvió hacia Anastacia—. Si lo consigo, te avisaré.
—Gracias.
De regreso a su habitación, acompañada por el guardia, Anastacia empezó a ordenar las preguntas que le haría a la anciana. Quería saber de dónde venía aquella fuerza, qué había en la cueva y cómo proteger a los animales de un nuevo ataque.
Y, antes de cualquier pregunta, quería ver a Flor.

Cuando oscureció, Anastacia aún no había recibido noticias de Leon.
Se sentó en el borde de la cama, desde donde podía oír a quienes pasaban por el pasillo. Pensaba cómo explicarle a Elyra el resultado de la reunión. La anciana la había ayudado a escapar del ataque a la aldea y había acabado presa por los soldados de su padre.
Un ruido seco interrumpió sus pensamientos.
Anastacia levantó la cabeza.
El sonido había llegado de lejos, de otra parte del castillo. Esperó, intentando distinguir alguna voz. Oyó otro golpe, pasos apresurados y, poco después, un grito.
Se levantó y fue hasta la puerta.
El guardia la abrió antes de que ella llamara.
—Alteza, debo llevarla con su padre. Ha habido un ataque en el ala del consejo.
—¿Mi padre está herido?
—No, alteza. Es uno de los consejeros.
Anastacia salió con él.
En los pasillos, los soldados pasaban deprisa mientras otros ordenaban a los criados volver a sus aposentos. De todas las puertas salían preguntas. Algunos hablaban de un invasor; otros querían saber si las puertas seguían abiertas. El guardia no se detuvo a responder.

Al llegar a la sala menor del consejo, Anastacia vio a Alfred entre los hombres reunidos cerca de la entrada. El rey hablaba con un soldado e interrumpió la conversación al verla.
Dio un paso hacia él. Entonces vio al hombre tendido en el suelo, más hacia el centro de la sala.
Era Arthur Raven.
El consejero que representaba a la familia Raven, una de las más influyentes del reino, estaba inmóvil. Un guardia se arrodillaba a su lado.
Anastacia se detuvo.
Recordó las preguntas que Arthur había hecho durante el juicio. Apenas unas horas antes había votado para mantener a Flor y a los demás en las celdas. Ella aún preparaba respuestas para la próxima reunión.
—¿Qué le ha pasado?
Alfred se acercó a su hija.
—Cuando lo encontraron, ya estaba muerto.
Anastacia volvió a mirar al hombre tendido en el suelo.
—¿Quién hizo esto?
—Todavía no lo sabemos.
El rey puso una mano en su hombro mientras un soldado describía el momento en que encontró a Arthur. Anastacia solo oyó parte de la explicación. Buscaba señales de lucha, algo que la ayudara a comprender cómo habían podido matar a un hombre allí sin que los guardias lo impidieran.
Un soldado llegó a la puerta de la sala y buscó al rey entre los presentes. Estaba sin aliento.
—Majestad.
Alfred se volvió.
—Los prisioneros del bosque han desaparecido.
Las conversaciones cesaron.
—¿Cómo que han desaparecido? —preguntó el rey.
—Las celdas están abiertas. No hemos encontrado a ninguno.
Anastacia se acercó al soldado.
—¿Y Flor?
—La dragona bebé también, alteza.
Uno de los hombres de la sala quiso saber quién había autorizado la salida. Otro empezó a preguntar por los guardias de las celdas. El soldado intentó responder, pero las preguntas se acumularon antes de que terminara.
Anastacia se volvió hacia el hombre que la había traído de su habitación.
—Lléveme allí.
El guardia miró a Alfred.
—Acompaña a mi hija —dijo el rey—. Quédate con ella.

Anastacia tuvo que reducir el paso en la escalera para no tropezar. El guardia iba delante, abriendo camino hacia el ala de las celdas.
Había soldados en el pasillo, pero ningún prisionero.
Las puertas estaban abiertas. Las cadenas descansaban en el suelo de piedra. Anastacia miró de una celda a otra, buscando el pelo blanco de Flor entre las sombras.
—¿Dónde estaba ella?
El guardia señaló una de las entradas.
Anastacia pasó a su lado y entró.
—¿Flor?
Esperó la llamada que la dragona bebé solía lanzar al reconocerla.
Fue hasta el fondo de la celda y se agachó para mirar los rincones. No había ningún lugar donde Flor pudiera esconderse. Aun así, volvió a llamarla, esta vez más bajo.
El guardia permaneció en la puerta.
—¿Ya han buscado en las otras? —preguntó Anastacia, levantándose.
—Sí, alteza.
Salió y recorrió el pasillo. Elyra tampoco estaba allí. Ni Mili, la joven dudurima que ayudaba a proteger la Aldea Oculta. Las celdas donde habían mantenido a Satobear y Gili, los dos osos, estaban igualmente vacías.

Anastacia se detuvo junto a una de las puertas.
Las bisagras seguían sujetas a la pared. No había señales de fuerza junto a la cerradura ni destrozos en el pasillo. Las cadenas del suelo tampoco iban acompañadas de marcas de lucha.
—¿Encontraron alguna puerta rota? —preguntó al guardia.
—No.
—¿Y alguien vio salir a los prisioneros?
—Todavía no ha llegado ningún testimonio de eso.
Anastacia volvió a examinar la entrada de la celda. Para ella, aquellas puertas abiertas, sin señales de haber sido forzadas, indicaban una acción preparada.
—Esto fue planeado —dijo.
El guardia se acercó.
—¿Cree que alguien los ayudó?
—No sé quién abrió las celdas. Ni si salieron porque quisieron.
Miró hacia la escalera por la que habían llegado. Arthur Raven estaba muerto en el piso de arriba. Flor y los demás habían desaparecido. Los dos sucesos se habían descubierto aquella noche, pero aún no sabía cómo se relacionaban.
Por primera vez desde la detención, estar fuera de las celdas no le parecía una garantía de que sus amigos estuvieran bien.
—Mi padre necesita saber lo que hemos encontrado aquí —dijo.
El guardia llamó a un soldado que pasaba por el pasillo y le transmitió el informe: todas las celdas abiertas, ninguna señal de fuerza, ninguno de los prisioneros encontrado.
Antes de que el hombre se marchara, Anastacia lo llamó.
—Pida que busquen también a quien abrió las puertas.
El soldado asintió y subió la escalera para llevar el mensaje al rey. Anastacia lo siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.
Anastacia permaneció en la entrada de la celda. Durante todo el día había esperado que alguien la dejara pasar para ver a Flor. Cuando llegó la autorización, la dragona bebé ya no estaba allí.