La promesa de Aurora
Entre versiones que no coinciden, Anastacia busca a Flor y la verdad sobre la fuga.

Cuando los últimos consejeros salieron de la sala, Anastacia acompañó a su padre hasta su despacho. Alfred despidió a los hombres que lo esperaban en la puerta, pero su hija entró antes de que pudiera pedir que lo dejaran solo.
—¿Qué va a pasar con Flor y los demás?
El rey permaneció de pie detrás de la mesa.
—Ya he ordenado que continúe la búsqueda.
—¿Sus soldados están buscando a mis amigos o a quien mató a Arthur?
—Estoy buscando a todos los implicados.
Anastacia se acercó a la mesa.
—Así fue como acabaron presos. Nadie sabía qué había ocurrido en el bosque, pero aun así ordenó que los detuvieran a todos.
Alfred apoyó las manos en los papeles que aún tenía que leer.
—Arthur fue asesinado dentro de este castillo. Tu tío acaba de abandonar el consejo. James Raven se ha ido dispuesto a actuar por su cuenta. Debo impedir que cada familia empiece a dar sus propias órdenes.
—Entonces escuche a quienes pueden ayudar.
Su padre apartó la silla, pero no se sentó.
—Crees que todo empezó ayer porque fue cuando viste levantarse a esos hombres. Tu tío y yo llevamos años en desacuerdo. Las familias se disputan soldados, tierras, influencia. La muerte de Arthur les dio una razón para romper definitivamente.
Anastacia miró la puerta. Charles, hermano de Alfred y padre de Aurora, siempre había estado cerca. Todavía le costaba pensar en él como alguien que se negaba a trabajar con su padre.
—Encarcelar a mis amigos no hará que Charles vuelva —dijo.
—Tampoco dejar libre a un asesino.
—No sabemos si una cosa tiene que ver con la otra.
Alfred se sentó por fin.
—Si sabes algo, Anastacia, dilo.
Ella pensó en la conversación de la tarde anterior.
—Leon iba a intentar conseguir una visita a las celdas. No me trajo ninguna respuesta. Quiero hablar con Aurora. Quizá sepa si consiguió alguna autorización.
El rey llamó a un guardia y mandó buscar a su sobrina.
Aurora llegó poco después. Al entrar, miró primero a Anastacia y después a su tío.
—¿Le ha pasado algo a mi padre?
—Charles abandonó el consejo por voluntad propia —respondió Alfred—. Quiero saber de Leon.
Aurora juntó las manos delante del cuerpo.
Anastacia explicó lo que habían hablado en la galería, cuando pidió ayuda para hablar con Elyra, la anciana de las dudurimas.
—¿Te dijo algo después?
Aurora tardó en responder.
—Leon no estaba en la habitación aquella noche.
Alfred levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—Antes de que empezaran los gritos en los pasillos. No sé a qué hora salió.
El rey llamó al guardia que seguía junto a la puerta.
—Encuentra a Leon. Quedará detenido hasta que pueda interrogarlo.
Anastacia dio un paso hacia su padre.
—Espere. Tal vez ayudó a los prisioneros. Eso no significa que matara a Arthur.
—Eso es lo que averiguaremos.
—Deje que yo también hable con él.
Alfred miró a Aurora, que seguía cerca de la puerta.
—Me contarás todo lo que diga —le ordenó a su hija.
—Lo haré.
El guardia salió a cumplir la orden. Aurora lo siguió con la mirada, pero no lo llamó para que volviera.

Poco después, Anastacia pidió a un guardia que la llevara a la celda de Leon. Quería oír su versión antes de que su padre tomara otra decisión.
Lo acompañó por los pasillos y bajó la escalera hasta el ala de los prisioneros. Cuando llegaron, Leon estaba sentado en un banco, con los codos en las rodillas. Levantó la cabeza al oír los pasos y se puso de pie al reconocer a Anastacia.
El guardia le abrió la puerta y se alejó unos pasos por el pasillo, dejándolos conversar.
—Aurora dijo que no estabas en la habitación —empezó Anastacia.
Leon apretó las manos una contra otra.
—Fue ella quien salió.
Anastacia permaneció junto a la puerta.
—Necesito que me cuentes lo que ocurrió.
—Después de nuestra conversación en la galería, intenté conseguir permiso para que visitaras a Elyra, pero no lo logré. Al anochecer volví a la habitación que comparto con Aurora. Ella no estaba.
—¿Te quedaste esperándola?
—Sí. Seguía en la habitación cuando oí los gritos en el pasillo. Salí para saber qué había ocurrido y descubrí que habían encontrado muerto al consejero Arthur.
—¿Llegaste a ir a las celdas?
—No. Cuando volví a encontrar a Aurora, le pregunté dónde había estado. Dijo que había liberado a los prisioneros.
Anastacia se acercó al banco.
—¿Eso dijo? ¿Que los había soltado a todos?
—Sí. Dijo que quería ayudarte y descubrir lo que Elyra sabía sobre las criaturas. También le pregunté por la muerte del consejero Arthur. Juró que solo había liberado a los prisioneros y que no tenía nada que ver con el asesinato.
—¿Y la creíste?
Leon miró hacia el pasillo antes de responder.
—No sabía qué pensar. Pero dije que teníamos que contárselo al rey. Había estado fuera de la habitación la noche en que mataron a un hombre. Ocultarlo solo empeoraría las cosas.
—¿Por qué no se lo contaste?
Él bajó la mirada hacia sus manos.
—Aurora está embarazada.
Anastacia guardó silencio.
—Me lo contó en ese momento —continuó Leon—. Tenía miedo de que la acusaran de la muerte de Arthur. Me pidió que pensara en el hijo que vamos a tener antes de hablar con el rey.
Anastacia se sentó en el otro extremo del banco. La tarde anterior, los tres habían conversado junto a la ventana. Aurora no había mencionado nada.
—Le pedí que hablara con tu padre —dijo Leon—. Que explicara la liberación antes de que se enterara por otra persona. Ella pidió tiempo. Acepté esperar hasta después del consejo.
—¿Y después?
—Le dije que no podíamos seguir ocultándolo. Poco después, vinieron los guardias a buscarme.
Anastacia buscó en su rostro alguna señal que la ayudara a decidir a quién creer. Encontró cansancio y una pregunta que Leon parecía hacerse desde que había entrado allí.
—Pensé que iba a dar explicaciones —dijo—. No que fuera a decir que yo había salido.
—¿Sabes dónde están Flor y los demás?
Leon negó con la cabeza.
—No me lo dijo.
Anastacia se levantó.
—Hablaré con mi padre. Y buscaré a los prisioneros. Ellos pueden decir quién los sacó de allí.
Leon asintió, pero la llamó antes de que llegara a la puerta.
—No sé por qué Aurora está haciendo esto. Ten cuidado al hablar con ella.

Después de contarle a Alfred lo que había dicho Leon, Anastacia buscó a Aurora. La encontró en la galería que daba a los jardines.
Aurora se apartó de la ventana en cuanto la vio.
—¿Pudiste hablar con él?
—Leon dijo que fuiste tú quien salió de la habitación. También dijo que liberaste a los prisioneros.
—No fui yo, Anastacia.
—Entonces uno de los dos está mintiendo.
Aurora miró hacia el final del pasillo antes de responder.
—Leon me dijo adónde pensaba llevarlos. Puedo llevarte hasta allí.
Anastacia dio un paso hacia ella.
—¿Sabes dónde está Flor?
—Habló de un antiguo refugio de cazadores, cerca del arroyo. Dijo que los llevaría a todos allí.
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
—Porque pensé que solo empeoraría su situación. Pero, si encuentras a los prisioneros, puedes descubrir lo que ocurrió. Ellos pueden demostrar que Leon no tuvo nada que ver con la muerte de Arthur.
Anastacia no sabía a quién creer. Leon decía que Aurora había liberado al grupo; Aurora lo negaba y afirmaba que su marido le había contado lo del escondite. Necesitaba escuchar a quienes habían estado en las celdas.
—Entonces ven conmigo. Quiero encontrar a Flor y escuchar lo que los demás tengan que decir.
Aurora aceptó. Antes de salir, Anastacia le contó a su padre lo del escondite. Alfred ordenó que dos guardias las acompañaran.
—No quiero otra persecución —dijo Anastacia—. Si huyen de los soldados, volveremos a perderlos.
—Los hombres observarán y traerán un informe —respondió su padre—. No se llevarán a nadie por la fuerza sin una nueva orden mía.
—¿Y Flor?
Alfred miró a su hija.
—Si la encuentras, puedes traerla.
Anastacia salió del castillo con Aurora y los dos guardias. Aurora indicó dónde debían dejar el camino y, al llegar al arroyo, señaló la entrada de una senda entre los árboles. Ataron allí los caballos y siguieron a pie.
El refugio tenía un tejado bajo cubierto de hojas secas, y una de las paredes estaba apuntalada con troncos. Había una olla junto a las cenizas de una hoguera.
Lo primero que vio Anastacia fue la punta de un bastón.
Mili apareció junto a la puerta. La pequeña dudurima, que ayudaba a proteger la Aldea Oculta, levantó su arma al ver a los soldados.
—Han venido conmigo —dijo Anastacia, adelantándose—. No van a detenerlos.

Un chillido agudo llegó desde el interior de la casa.
Flor pasó entre los pies de Mili y corrió por la tierra, levantando hojas a su paso. Anastacia se arrodilló a tiempo de recibirla. El bebé dragón se lanzó contra su pecho, buscando su rostro con el hocico.
Anastacia intentó decir algo, pero primero tuvo que respirar. Estrechó a Flor entre sus brazos y sintió sus pequeñas patas aferrarse a su ropa.
—Te estuve buscando —logró decir.
Flor lanzó otro chillido y se acomodó junto a su cuello.
Mili bajó el bastón.
—Intentó salir a buscarte. Tuvimos que turnarnos para cuidarla.
Anastacia apartó a Flor lo justo para examinarla. Tenía tierra en el pelo blanco, pero no vio ninguna herida.
—¿Le dieron de comer?
—Comió de lo mío —respondió una voz detrás de la casa.
Gili apareció entre los árboles, seguida por Satobear. Los dos osos se detuvieron al ver a los guardias, y Anastacia se levantó con Flor en brazos.
—Mi padre sabe que he venido. Prometió que nadie se los llevaría por la fuerza.
—Fue tu padre quien ordenó que nos detuvieran —le recordó Satobear.
—Lo sé. Por eso le pedí esa promesa antes de salir.
Los guardias se quedaron cerca de la senda. Gili se acercó a Anastacia y rozó con el hocico la mano que ella le tendía.
Elyra apareció apoyada en el marco de la puerta. La anciana de las dudurimas parecía cansada, pero se acercó a Anastacia y posó una mano sobre la cabeza de Flor.
—Quizá ahora pueda descansar.
Anastacia tomó la mano de la anciana. Le contó lo de la muerte de Arthur, la detención de Leon y la división del consejo. Al mencionar que necesitaban aclarar lo ocurrido aquella noche, Elyra preguntó:
—¿Tu padre sigue creyendo que las criaturas son la causa de todo?
—No sabe lo que está pasando en el bosque. Yo tampoco he conseguido explicarlo. Ibas a contárnoslo antes de que nos detuvieran.
—Entonces tenemos que hablar de la cueva —dijo Elyra—. Lo que ocurre allí sigue amenazando a la aldea.
La anciana señaló el banco junto a la puerta. Anastacia se sentó con Flor en el regazo y Aurora se acomodó a su lado. Mili se quedó cerca de Elyra, mientras los dos osos se acercaban a escuchar.

—Esa cueva tiene una abertura hacia otro plano —explicó—. Un lugar desde el que los dioses pueden alcanzar nuestro mundo. Esa abertura permite el paso de fuerzas que deberían permanecer separadas.
—¿Fue eso lo que oímos? —preguntó Satobear—. ¿Las voces?
—Por lo que han contado, creo que sí.
Gili bajó la cabeza.
—Las seguimos porque parecía que alguien nos necesitaba. Después no recordábamos nada.
—No fueron los primeros —dijo Elyra—. Hay relatos de criaturas que entraron en esa región y regresaron diferentes. Algunas se recuperaron de sus heridas y dijeron haber visto dioses. Otras perdieron el control, como les ocurrió a ustedes.
Anastacia acarició a Flor, intentando comprender.
—¿Entonces el mismo paso puede ayudar y también causar aquello?
—La grieta acerca los dos planos. Lo que llega por ella depende de quién esté al otro lado. No podemos suponer que todas las voces que llaman quieran ayudar.
Mili se sentó cerca de la anciana.
—¿Y por eso atacaron nuestra aldea?
—La corrupción que vimos en el bosque está ligada a esa abertura. Mientras siga así, podrá alcanzar a otras criaturas.
Anastacia recordó los ojos de los osos antes de las mariposas, las casas de la aldea y a los habitantes que intentaban huir del nuevo ataque.
—Tenemos que cerrarla.
Elyra asintió.
—Eso era lo que necesitaba explicarte antes de que nos llevaran los soldados.
—¿Por qué a mí?
La anciana miró a Flor, que se estaba durmiendo en el regazo de la princesa.
—Sião te eligió, Anastacia. Me mandó dejar a Flor donde la encontrarías. Después habló contigo mientras yo sanaba. Te está acercando al mundo de los dioses.
Anastacia recordó la luz y la voz que había oído al tomar la mano de Elyra.
—Dijo que me necesitaba. Pero no explicó qué debía hacer.
—Los animales perciben esa presencia en ti —continuó la anciana—. Por eso tantos se te acercan. Reconocen algo que nosotros no siempre podemos percibir.
Gili levantó el hocico.
—Después de despertar en el bosque, pensé que huirías de nosotros. Pero te quedaste.
—Estaban asustados —respondió Anastacia.
—Y tú también —dijo Satobear—. Aun así, quisiste escucharnos.
Elyra esperó a que la princesa volviera a mirarla.
—La elección de Sião te permite alcanzar fuerzas que nosotros no alcanzamos. Lo que hiciste por mí lo demuestra. Pero aún tenemos que descubrir cómo podrás usarlas junto a la grieta.
Anastacia miró su propia mano.
—Ni siquiera sé repetir lo que pasó cuando te toqué.
—Entonces no debes entrar sola en esa cueva esperando que todo se resuelva —respondió Elyra—. Necesitas ayuda. Y necesitas saber qué vas a encontrar.
Aurora, que había seguido toda la explicación, se inclinó hacia delante.
—¿Es posible atravesar esa abertura?
—Hay quienes dicen que la han atravesado —respondió la anciana—. No puedo garantizar lo que alguien encontraría al otro lado, ni si podría regresar.
—¿Y dónde está esa cueva? —preguntó Aurora.
Satobear señaló hacia el arroyo.
—Siguiendo el agua hacia arriba, hasta la pared de roca. La entrada está a la izquierda, entre dos rocas grandes. Allí oímos las voces.
Anastacia acomodó a Flor en el regazo.
—Se lo contaré a mi padre. Debemos preparar una expedición y proteger a quienes aún viven cerca de la cueva.
—Conozco el camino —dijo Satobear.
Gili lo miró y después miró a Anastacia.
—Yo también iré.
Mili se levantó para recoger la jarra.
—Antes debemos avisar a la aldea. Todavía hay gente allí.
Anastacia quedó en llevar la información a Alfred y volver con una respuesta. Elyra pidió que nadie se acercara a la cueva antes de que volvieran a hablar.
Aurora se levantó y se ajustó el manto.
—Esperaré cerca de los caballos.
Anastacia asintió. Aún necesitaba escuchar el relato de sus amigos sobre la fuga. Se volvió hacia Elyra mientras Aurora se alejaba por la senda.
—Antes de irme, necesito saber quién abrió las celdas. Leon dijo que fue Aurora. Ella lo niega y dice que solo sabe dónde están porque él se lo contó.
Mili miró en la dirección por la que se había ido Aurora.
—Pero fue ella quien nos soltó.
Anastacia se quedó inmóvil, con una mano sobre Flor.
—¿La viste?
—Sí. Abrió mi celda y fue a las demás.
Elyra lo confirmó:
—Aurora nos condujo por un pasadizo que daba a los jardines. Después nos trajo a este refugio.
—¿Leon estaba con ustedes?
—No lo vimos —respondió Satobear.
Gili también negó haberlo visto. Ninguno sabía si alguien había ayudado antes de que Aurora abriera las puertas, pero todos confirmaban su presencia.
—Dijo que iría a buscarte cuando fuera seguro —añadió Mili—. Por eso nos quedamos esperando aquí.
Ahora Anastacia tenía testigos de lo que Aurora acababa de negar. Aún no sabía quién había matado a Arthur, pero la participación de Aurora en la liberación de los prisioneros ya no dependía solo del relato de Leon.
—Mi padre necesita escucharlos —dijo.
Elyra asintió.
—Podemos contarle lo que vimos. Pero no sabemos qué le ocurrió al consejero. No pasamos por la sala donde dijiste que lo encontraron.
Anastacia se levantó con Flor en brazos y llamó a los guardias.
—Necesito hablar con Aurora antes de volver.

Se despidió de sus amigos y siguió la senda. Esperaba encontrar a Aurora junto al arroyo, pero, al llegar al lugar donde habían dejado a los animales, solo encontraron tres caballos atados a los árboles.
El de Aurora no estaba.
Uno de los guardias examinó la orilla. Había huellas de cascos que seguían hasta el camino.
—Se fue a caballo, alteza.
Anastacia miró el camino. Aurora había dicho que los esperaría.
Los guardias la llamaron, pero nadie respondió.
—Volvamos al castillo —decidió Anastacia—. Mi padre tiene que saber lo que ocurrió.
Ya anochecía cuando Anastacia regresó al castillo con Flor y los dos guardias. Preguntó por Aurora en cuanto cruzaron la puerta. Ninguno de los hombres de guardia la había visto volver.
Anastacia desmontó con ayuda y entró con Flor en brazos. Pidió que avisaran a su padre de que necesitaba hablar con él de inmediato.
Alfred la recibió en la misma sala donde habían hablado por la mañana. Al ver a Flor, apartó los papeles.
—¿Encontraste a los demás?
—Sí. Y contaron quién abrió las celdas.
Anastacia explicó lo que había oído de Elyra, Mili y los dos osos. Uno de los guardias confirmó que había presenciado la conversación.
—Aurora liberó a los prisioneros y los llevó a todos al refugio —dijo la princesa—. Mintió cuando dijo que no había participado.
—¿Dónde está?
—Dijo que esperaría junto a los caballos. Cuando llegamos, ya se había ido. Los hombres de la puerta dijeron que no había vuelto.
Alfred se levantó y llamó a un guardia.
—Avisa a los hombres de los caminos. Quiero que busquen a mi sobrina.
Mientras el soldado salía, Anastacia acomodó a Flor en el regazo. Necesitaba contarle a su padre lo que había aprendido sobre la cueva y pedirle que escuchara de nuevo a Leon. Ahora sabía que Aurora había mentido sobre la liberación de los prisioneros, pero ya no podía confrontarla: había huido antes de que regresaran al castillo.