El intercambio de Morteus
Morteus promete dos dragones a Razer, líder de Black Sea, a cambio de la libertad de su hijo Bastian. En la Aldea Oculta, Mili intenta proteger a su hermana bebé, Nina, de la invasión.

—Tráeme a mi hijo y los dos dragones serán tuyos.
Razer se acercó al portal.
Como líder de Black Sea, un grupo que saqueaba poblados y tomaba territorios por la fuerza, estaba acostumbrado a recibir propuestas. Aquella, sin embargo, venía de Morteus, el dios de los intercambios. Y Morteus nunca ofrecía nada sin querer algo a cambio.
Los dragones prometidos eran Aster y Rosel, dos de los cuatro hijos de Flor y Lotus, que vivían al cuidado de las primas Anastacia y Aurora. Al darle Lotus a Aurora, el dios había exigido que él y Flor tuvieran crías. Había ocultado que pensaba llevarse a dos de ellas.
Ahora Razer conocía el motivo.
Bastian, el hijo semidiós de Morteus, estaba prisionero en la Aldea Oculta, una comunidad de dudurimas escondida en el bosque.
—Si es tu hijo, ¿por qué no vas a buscarlo? —preguntó Razer.
—Porque la prisión fue preparada para impedir que yo llegara hasta él. Tú puedes cruzar la puerta. Yo no.
Bastian había intentado abrir un portal para su padre dentro de la aldea, incluso después de que sus habitantes rechazaran la presencia del dios. Elyra, la anciana que lideraba a las dudurimas, lo había detenido. Los sellos que había colocado alrededor de la celda contenían los poderes del semidiós e impedían que Morteus lo sacara de allí.
Razer tendría que convencer a Elyra de que los deshiciera.
—Muéstrame el camino —dijo.
Aquella noche, Nina no quería dormir.
Cada vez que Mili intentaba apartar la mano, la bebé le apretaba el dedo y abría los ojos.
—Volveré pronto —murmuró Mili.
La pequeña dudurima era su hermana menor. Todavía no hablaba, pero ya reconocía los pasos de Mili y extendía los brazos incluso antes de verla entrar.

Mili acomodó la manta sobre su barriga y esperó a que le soltara el dedo. Solo entonces tomó el bastón. Era una de las defensoras de la Aldea Oculta y aquella noche vigilaría la entrada.
No llegó a ocupar su puesto.
Un grito llegó del paso entre los árboles. Después, el choque de una espada contra un bastón.
Mili corrió.
Los hombres de Black Sea atravesaban la entrada de la aldea. Las dudurimas intentaban contenerlos en el sendero estrecho mientras otras recogían a los pequeños y cerraban las casas.
Mili golpeó el brazo de un invasor y lo obligó a soltar la espada. Se preparaba para enfrentarse al siguiente cuando vio que otros hombres pasaban por detrás de las viviendas.
El ataque a la entrada mantenía ocupados a los defensores.
Se dio la vuelta y corrió hacia Nina.
Cuando volvió a la casa donde había dejado a Nina, Mili vio salir a una habitante de la aldea con la bebé en brazos. La dudurima intentaba llevar a Nina a un lugar seguro, lejos de los invasores.
Mili corrió a buscar a su hermana, pero Razer llegó primero hasta la vecina. El líder de Black Sea sujetó a la dudurima por el hombro y la empujó contra la pared de la casa. Antes de que pudiera reaccionar, le arrancó a Nina de los brazos.
Mili avanzó con el bastón en alto.
Razer apretó a Nina contra su pecho.
—Un paso más y ella será quien corra peligro.
Mili se detuvo tan deprisa que resbaló sobre la tierra.
Nina comenzó a llorar. Al ver a su hermana, extendió los brazos.
—Solo es una bebé —dijo Mili—. Dámela.
—Entonces haz que venga tu anciana.
Elyra encontró a Mili inmóvil frente a Razer. A su alrededor, los hombres de Black Sea mantenían las espadas apuntadas hacia las dudurimas.
La anciana miró primero a Nina.
—¿Qué quieres?
—A Bastian. Libre, sin tus sellos.
Elyra alzó la mirada hacia el invasor.
—Morteus te ha enviado.
—Abre la prisión.
—La niña no tiene nada que ver con esto.
—Libera a Bastian y te devuelvo a la niña.
Mili miró a Elyra. Nunca le había pedido a la anciana que liberara a un prisionero. Conocía el motivo por el que Bastian estaba allí y sabía que los sellos protegían la aldea.
Pero Nina intentaba alcanzarla. No entendía por qué su hermana seguía tan cerca sin ir a buscarla.
—Por favor —dijo Mili.
Elyra apretó los labios. Después se volvió hacia el edificio de piedra donde tenían a Bastian.
—Ven conmigo.
Razer la acompañó llevando a Nina. Mili caminaba a su lado, lo bastante cerca para hablar con su hermana, pero dos hombres de Black Sea le impedían acercarse más.
—Estoy aquí, Nina. Estoy aquí.
La bebé sollozaba dentro de la manta.
Frente a la celda, Elyra pasó la mano por los símbolos grabados alrededor de la puerta. Uno a uno, perdieron su luz. Solo cuando se apagó el último sacó una llave de entre sus ropas.
Mili oyó girar la cerradura.
Bastian estaba sentado junto a la pared. Al ver la puerta abierta, se levantó despacio y miró a Razer.
—¿Mi padre?
—Te está esperando.

El semidiós cruzó la entrada. Se detuvo al reparar en la bebé que llevaba en brazos el hombre que había venido a liberarlo.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Vamos —respondió Razer.
Mili se puso delante de él.
—Ahora devuélveme a mi hermana.
Razer miró hacia el sendero que llevaba al bosque. Algunas dudurimas todavía sostenían sus bastones.
—Cuando esté fuera de la aldea.
—Dijiste que bastaba con liberar a Bastian.
—Y tú quieres recuperar a tu hermana. Diles que abran paso.
Mili buscó el rostro de Elyra. La anciana apretaba la llave en la mano.
—Dejadlos pasar —dijo Elyra.
Los defensores se apartaron.
Los caballos de Black Sea esperaban más allá de los últimos árboles que ocultaban la entrada.
Mili acompañó al grupo hasta allí. Razer ya tenía a Bastian a su lado y el camino libre ante él.
Extendió los brazos.
—Ya está. Habéis salido. Dame a Nina.
Razer entregó las riendas a uno de sus hombres y acomodó a la bebé contra su cuerpo.
Entonces puso el pie en el estribo.
Mili lo agarró de la capa.
—¡Lo prometiste!
Un hombre de Black Sea tiró de ella hacia atrás. Mili se soltó y alzó el bastón, pero Razer ya estaba en la silla, con Nina delante de él.
Mili no podía golpearlo sin alcanzar a su hermana.
—¡Nina!
La bebé giró la cabeza al oír su nombre. Extendió una mano hacia Mili.
Razer hizo arrancar al caballo.

Mili corrió tras ellos. La punta de la manta ondeaba junto a la silla; por un instante, pareció estar lo bastante cerca para alcanzarla.
Estiró el brazo.
Sus dedos se cerraron sobre el vacío.
Entre los árboles, Nina seguía llorando.