El reino dividido
En la mesa del consejo, la búsqueda de respuestas amenaza los lazos que sostienen el reino.

Al llegar a la sala del consejo, Anastacia vio a su padre hablando con un guardia. El rey Alfred puso fin a la conversación cuando ella se acercó.
—¿Han encontrado a Flor?
—Todavía no.
Durante la noche, Flor, el bebé dragón del que cuidaba Anastacia, había desaparecido de las celdas junto con los otros prisioneros traídos del bosque. Habían encontrado las puertas abiertas, sin señales de haber sido forzadas. Esa misma noche, Arthur Raven, uno de los consejeros del rey, había aparecido muerto dentro del castillo.
Anastacia miró al guardia, esperando que añadiera algo. El hombre se limitó a despedirse de Alfred y siguió por el pasillo.
—Ven —le dijo el rey a su hija.
La reunión se había convocado para volver a discutir el encarcelamiento de las criaturas. El día anterior, Anastacia esperaba convencer al consejo de que las liberara. Ahora necesitaba que los hombres reunidos allí ayudaran a encontrarlas.
Los representantes de las grandes familias ya tomaban asiento. En torno a aquella mesa discutían la protección de las aldeas, el uso de los soldados y las decisiones de la Corona. Anastacia conocía sus diferencias, pero nunca los había oído hablar tan bajo mientras esperaban al rey.
Charles estaba sentado a la derecha del lugar de Alfred. Hermano del rey y padre de Aurora, era tío de Anastacia. Interrumpió su conversación con otro consejero al verlos entrar.
Leon, el marido de Aurora, ocupaba una silla más adelante. Había defendido la cautela al juzgar a los prisioneros y ofrecido su ayuda a Anastacia antes de lo ocurrido aquella noche. Cuando la princesa pasó, la siguió con la mirada.

Cerca de la silla que había pertenecido a Arthur Raven, un hombre permanecía de pie, con una mano en el respaldo.
Era James Raven, el hijo del consejero muerto. Aquella mañana había venido a hablar en nombre de los Raven, una de las familias más influyentes del reino.
Anastacia se detuvo a su lado.
—Siento mucho lo de tu padre.
—Gracias —respondió James.
No se sentó. Siguió sujetando el respaldo mientras observaba a Alfred tomar asiento.
Anastacia se quedó cerca de su padre.
El rey recorrió la mesa con la mirada.
—Empecemos.
James habló antes de que interviniera ningún otro consejero.
—Quiero saber qué han descubierto sobre la muerte de mi padre.
Alfred mantuvo la mirada en él.
—Todavía no hemos identificado a quien lo mató.
—¿Y quién abrió las celdas?
—Tampoco.
James pasó la mano por la parte superior del respaldo, sin apartar los ojos del rey.
—Ayer mi padre estaba sentado aquí. Hoy soy yo quien tiene que preguntar cómo alguien consiguió matarlo dentro de su castillo.
—Voy a averiguar lo que ocurrió —respondió Alfred.
—Estaba bajo su protección.
—Lo sé, James.
—Entonces entiende por qué no puedo conformarme con una promesa.
Algunos hombres de la mesa asintieron. Alfred esperó a que callaran antes de responder.
—No voy a acusar a alguien solo para dar una respuesta a esta sala.

Charles se inclinó hacia delante.
—Queremos saber si estamos a salvo aquí.
El rey se volvió hacia su hermano.
—Se está reforzando la vigilancia.
—Ayer había guardias. Eso no impidió la muerte de Arthur ni la desaparición de los prisioneros.
—Por eso tenemos que descubrir dónde estuvo el fallo.
—¿El fallo? —Charles apoyó las manos en la mesa—. Han matado a un consejero. Han abierto las celdas y todos los prisioneros han desaparecido. Nadie en esta sala sabe explicar cómo. No basta con poner más hombres en las puertas.
Anastacia miró a Alfred. Su padre escuchaba sin interrumpir, pero ya había apartado la silla de la mesa.
—¿Y qué propones, Charles?
—Que reconozcas que hemos perdido el control de lo que ocurre dentro de estas paredes.
El silencio que siguió permitió oír un movimiento de los guardias junto a la entrada.
Alfred miró brevemente hacia la puerta antes de responder.
—Reconozco que han matado a un hombre bajo mi protección. Lo trataré con toda la seriedad que exige. Pero no convertiré esta reunión en un intercambio de acusaciones.
Un consejero sentado en un extremo de la mesa se volvió hacia los demás.
—No deberíamos haber traído a esas criaturas al castillo.
Anastacia levantó la cabeza.
—No hay nada que demuestre que mataron a Arthur.
—Desaparecieron esa misma noche —respondió el hombre.
—Y estaban encerradas —dijo James.
Anastacia lo miró. No esperaba que fuera James quien lo recordara.
El hijo de Arthur continuó:
—Si consiguieron salir solas, quiero saber cómo pasaron junto a los guardias. Si alguien abrió las puertas, quiero saber quién fue. Hay que investigar ambas posibilidades.
—Fui a las celdas —dijo Anastacia—. Las puertas no estaban rotas. No había señales de lucha en el pasillo.
James se volvió hacia ella.
—¿Alguien vio salir a los prisioneros?
—Ninguno de los guardias con los que hablé supo decirlo.
James volvió a mirar a Alfred.
—Entonces tenemos que considerar que alguien del castillo los ayudó.
Los hombres empezaron a mirarse entre sí. Uno preguntó si James estaba acusando al consejo. Otro quiso saber quién tenía acceso a las celdas. Las preguntas se mezclaron, y algunas dejaron de dirigirse al rey.

Leon apartó la silla y se levantó.
—James ha hablado de una posibilidad —dijo—. No ha señalado a un culpable.
—¿Y crees que debemos esperar tranquilamente hasta que alguien lo haga? —preguntó Charles.
Leon miró a su suegro.
—Creo que debemos averiguar lo que ocurrió antes de empezar a acusarnos unos a otros.
—Mi padre está muerto —dijo James—. No me voy a quedar callado mientras todos piden paciencia.
—Tienes derecho a exigir respuestas —respondió Leon—. Pero debemos seguir trabajando juntos para encontrar a quien lo hizo.
James soltó el respaldo de la silla.
—¿Bajo las órdenes de los mismos hombres que no consiguieron protegerlo?
—Si cada familia decide actuar por su cuenta, tendremos aún menos posibilidades de descubrir lo ocurrido.
Charles se recostó, mirando de Leon a Alfred.
—Pedimos respuestas y recibimos órdenes de seguir obedeciendo.
—Estoy pidiendo que este consejo colabore —dijo el rey.
—La confianza también forma parte de esa colaboración —respondió Charles.
Anastacia seguía la discusión, buscando una oportunidad para hablar. Quería recordarles que Flor y los otros prisioneros seguían desaparecidos. Pero los hombres ya discutían quién tenía derecho a dirigir la investigación y quién podía seguir dando órdenes dentro del castillo.
Leon intentó responder a su suegro. Otro consejero lo interrumpió, y pronto varias personas hablaban a la vez.
Alfred se levantó.
—Basta.
Las voces bajaron.
—Sigo siendo responsable de este reino. La investigación se llevará a cabo bajo mis órdenes. Lo que cada uno sepa deberá comunicármelo, para que podamos trabajar con hechos.
—¿Y si ya no confiamos en esas órdenes? —preguntó el consejero del extremo de la mesa.
Alfred lo miró, pero James habló antes de que respondiera.
—Vine esperando saber qué le había pasado a mi padre. Ahora discutimos si tenemos derecho a cuestionarlo.
—Todos en esta sala han sido escuchados —dijo Alfred.
—Y nadie ha recibido una respuesta.
—Exiges que sepa hoy lo que todavía hay que investigar.
James respiró hondo.
—Exijo que su muerte importe más que la obligación de estar de acuerdo con el rey.
—Mide tus palabras, James.
James cerró los puños junto al cuerpo.
—Estoy intentando entender cómo perdí a mi padre en un lugar donde debería haber estado a salvo.
Nadie respondió de inmediato.

Uno de los consejeros apartó la silla y se levantó. Recogió los papeles que tenía delante y caminó hacia la puerta. Otro hizo lo mismo. Un tercero permaneció de pie, esperando junto a la mesa.
Alfred observó sus movimientos.
—Esta reunión no ha terminado.
Los hombres no volvieron a sus asientos.
Charles también se levantó.
Anastacia dio un paso al frente. Hasta ese momento, esperaba que su tío aún intentara llegar a algún acuerdo con Alfred.
—Charles —lo llamó el rey.
Su hermano se detuvo.
—No puedo seguir apoyando las decisiones de esta mesa como si nada hubiera cambiado —dijo Charles.
—¿Abandonas el consejo?
—Sí.
Anastacia miró de uno a otro. Eran el padre y el tío que conocía desde pequeña, pero Charles había dado su respuesta ante todos los representantes del reino.
Charles la miró antes de alejarse. Anastacia abrió la boca, sin encontrar nada que pudiera hacerlo quedarse.
Al pasar junto a Leon, Charles redujo el paso.
—¿Vienes?
Leon seguía de pie junto a su silla. Miró a su suegro y después a Alfred.
—Me quedo.
Charles esperó un instante. Después se dirigió a la salida con los otros consejeros.
James seguía junto a la silla de Arthur. Pasó la mano por el respaldo una última vez y se apartó.
Antes de salir, se volvió hacia el rey.
—A partir de hoy, no cuenten con el nombre Raven para respaldar las decisiones de este consejo.
Alfred permaneció de pie mientras James cruzaba la sala. Los guardias le abrieron paso, y el hijo de Arthur fue el último en salir de los hombres que habían abandonado la reunión.

Las puertas se cerraron.
Anastacia miró los asientos vacíos. Los hombres que los ocupaban eran los mismos con los que su padre necesitaba contar para proteger las aldeas y mantener seguros los caminos. Ahora se negaban a apoyar sus decisiones.
Alfred tardó en sentarse. Cuando lo hizo, buscó con la mirada a los consejeros que se habían quedado.
—La búsqueda continúa —dijo.
Leon volvió a su silla para escuchar al rey. Anastacia permaneció al lado de su padre.
Frente a ellos, los lugares de Charles y de la familia Raven quedaron vacíos.