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La señal del bosque

Un pedido a Sião lleva a Anastacia y Flor por un camino oculto del bosque.

Antes de partir — escena de La señal del bosque

Flor esperaba junto a la puerta cuando Anastacia terminó de rezar.

Aquella mañana, la princesa había pedido una señal a Sião, el dios al que recurría desde pequeña. Quería entender qué estaba pasando en el reino de su padre, Alfred. Los nobles discutían cada vez más, llegaban noticias de soldados desaparecidos y, dentro del castillo, ciertas conversaciones terminaban en cuanto ella entraba en la sala.

A Anastacia le habían enseñado a preocuparse por el reino. Ahora pasaba los días oyendo problemas sobre los que nadie le permitía hacer gran cosa.

Se quedó un rato ante la ventana, mirando el bosque más allá de los jardines. Solía caminar por allí cuando necesitaba pensar. Entre los árboles podía pasar unos momentos sin oír una discusión ni recordar sus obligaciones.

Flor arañó suavemente la puerta.

—Yo también quiero salir de aquí —dijo Anastacia.

La bebé dragón tenía pelo blanco y suave, ojos grandes y la costumbre de acompañar a la princesa adonde fuera. Anastacia la había encontrado años antes, recién nacida, entre las raíces quemadas de una parte destruida del bosque. Nunca le había contado a nadie cómo ocurrió aquel encuentro. Desde entonces, rara vez se separaban.

Anastacia tomó su manto. Pensó en buscar a su padre antes de salir, pero imaginó la conversación: con soldados desaparecidos, Alfred exigiría que permaneciera en el castillo o llevara una escolta. Solo quería pasear con Flor por un camino conocido y pensaba volver pronto.

Abrió la puerta y siguió los pasillos hasta la escalera que llevaba a los jardines. Allí todavía podría haber llamado a alguien para avisar adónde iba. Miró las ventanas del castillo, dudó y siguió andando.

Flor corrió delante de ella por el camino del bosque. Anastacia la siguió, ciñéndose el manto. Dejaría las explicaciones para cuando volviera.

Bajo los árboles pudo respirar con más calma. Flor olfateaba las hojas caídas y volvía de vez en cuando para comprobar que la princesa seguía allí.

Había claros donde solo quedaban tocones. La propia familia real había mandado talar muchos de aquellos árboles para expandir el reino y reforzar sus defensas. Anastacia prefería los tramos donde aún podía oír hojas sobre su cabeza.

Fue en uno de esos lugares donde Flor se detuvo.

Levantó el hocico y emitió un sonido bajo.

Anastacia notó que los pájaros habían dejado de cantar. Una rama crujió más adelante.

El primer fuego — escena de La señal del bosque

Dos osos salieron de detrás de los árboles.

Eran enormes. Tenían los cuerpos deformados y marcas irregulares bajo el pelaje. Sus ojos eran tan oscuros que Anastacia no distinguía las pupilas. Ya había visto aquella mirada en sueños, aunque nunca había entendido por qué.

Flor retrocedió hasta tocar sus piernas.

Anastacia se agachó para recogerla. En ese instante, el primer oso atacó.

El espacio entre los árboles pareció doblarse. La princesa apretó a Flor contra su pecho y se lanzó a un lado. La pata del animal golpeó el lugar donde había estado, arrojando tierra sobre su manto.

Antes de que Anastacia pudiera levantarse, Flor escapó de sus brazos y se colocó delante de ella.

—¡Flor, ven!

La bebé dragón abrió la boca.

La llama salió pequeña e irregular, pero alcanzó al oso en el pecho. Retrocedió bruscamente, tropezó y cayó de lado.

Anastacia nunca la había visto lanzar fuego.

El segundo oso llegó justo detrás. Flor afirmó las patas y lanzó otra llama. La criatura se tambaleó y también cayó.

Durante unos instantes, la princesa solo oyó su propia respiración. Se arrodilló y recogió a Flor, que temblaba entre sus manos.

—Estoy aquí —murmuró, acariciando el pelo blanco.

Los osos aún respiraban. Tenían las garras hundidas en la tierra y los cuerpos tensos, como si algo siguiera obligándolos a luchar.

La señal — escena de La señal del bosque

Entonces aparecieron dos mariposas rosas.

Pasaron ante Anastacia y se posaron en los hocicos de los animales, una en cada uno. Poco a poco, las garras soltaron el suelo. La respiración de los osos se calmó y la oscuridad de sus ojos empezó a ceder.

Cuando el primero levantó la cabeza, miró a su alrededor con asombro.

—¿Qué pasó?

—Nos atacaron —respondió Anastacia.

Observó las marcas que sus patas habían dejado en el camino. Después miró a Flor, encogida en el regazo de la princesa.

—¿Nosotros hicimos eso?

Anastacia asintió.

El oso bajó la cabeza.

—Me llamo Satobear. Ella es Gili. Vivimos en este bosque.

Gili se levantó con dificultad.

—Recuerdo unas voces —dijo—. Nos estaban llamando.

—Las seguimos hasta una cueva —añadió Satobear—. Después no recuerdo nada.

—Todo quedó oscuro —murmuró Gili.

Anastacia se presentó y contó lo ocurrido, desde la llegada de ambos hasta las llamas de Flor. Los osos escucharon sin interrumpir.

—El fuego nos detuvo —dijo Gili, mirando a la bebé dragón—. Pero las mariposas nos trajeron de vuelta.

Ambas volaban ahora cerca de una rama. Anastacia recordó la señal que había pedido antes de salir del castillo.

Por lo que contaban los osos, algo los había controlado. Ellos mismos parecían asustados por lo que habían hecho.

—¿Pueden encontrar esa cueva otra vez? —preguntó.

Satobear asintió, pero Gili tardó en responder.

—Tengo miedo de oír esas voces otra vez.

Anastacia apretó a Flor contra su pecho.

—Yo también tengo miedo. Pero si les pasó a ustedes, puede estarles pasando a otras criaturas.

Los osos intercambiaron una mirada.

—Iremos juntos —decidió Satobear—. Y con cuidado.

Comenzaron a caminar, pero pronto las mariposas se adelantaron al grupo y entraron por una abertura entre los árboles.

—La cueva está hacia el otro lado —avisó Gili.

Las mariposas regresaron y flotaron frente a ellos hasta que Anastacia dio un paso en la dirección indicada.

—Creo que quieren llevarnos a algún sitio.

Satobear observó el paso. Conocía aquel bosque desde pequeño y nunca había visto un camino allí. Aun así, apartó una rama baja y dejó pasar a la princesa.

Los cuatro siguieron a las mariposas.


La Aldea Oculta — escena de La señal del bosque

El sendero era estrecho, rodeado de troncos y raíces. Al cabo de un rato, la luz empezó a atravesar las copas. Volvieron a oír pájaros. Crecían flores a los lados del camino y el aire olía a tierra húmeda.

Gili se detuvo a mirar alrededor.

—¿Cómo no habíamos encontrado este lugar?

Antes de que Satobear respondiera, una pequeña criatura apareció frente a ellos y golpeó el suelo con un bastón.

Era una dudurima, una de las criaturas que vivían escondidas en aquella parte del bosque. Otras aparecieron entre los árboles, también con bastones.

—No pueden pasar —dijo la primera, mirando a los osos—. Ya han hecho demasiado daño.

Satobear se detuvo de inmediato.

—Nunca hemos estado aquí.

—Atacaron a nuestra anciana. Vi cómo quedó.

Gili lo miró. La falta de recuerdos, que antes solo les había parecido aterradora, ahora escondía a alguien herido.

Anastacia se acercó, manteniendo a Flor en brazos.

—También me atacaron. Pero algo los estaba controlando.

La dudurima apretó el bastón.

—¿Y por qué estás con ellos?

—Porque pude ver la diferencia cuando aquello terminó.

Anastacia le habló de los ojos oscuros, el ataque y las mariposas. Satobear explicó lo poco que recordaba de la cueva. Gili siguió mirando el paso protegido por las dudurimas.

—¿Cómo está la anciana? —preguntó la osa.

La defensora tardó en responder.

—Muy débil.

Las mariposas pasaron entre ellas y siguieron adelante. La dudurima siguió su vuelo y después volvió a mirar a los visitantes.

—Me llamo Mili. Ayudo a proteger esta aldea.

Bajó el bastón.

—Vengan. Pero quédense cerca de mí.

Pocos pasos después, Anastacia vio las casas. Eran de madera, hojas y piedra, acomodadas entre árboles que habían conservado. Pequeños pasos conectaban las viviendas y los habitantes se detenían a observar al grupo.

Aquella era la Aldea Oculta, la comunidad junto a la que Satobear y Gili habían vivido sin conocerla.

Mili los llevó hasta una casa en el centro de la aldea.

—Elyra está aquí —dijo—. Ella cuida de todos nosotros.

Una plegaria por Elyra — escena de La señal del bosque

La anciana de las dudurimas estaba acostada. Respiraba con esfuerzo y parecía demasiado cansada incluso para mantener los ojos abiertos.

Cuando notó a los dos osos junto a la entrada, hizo un pequeño gesto con la mano.

Gili bajó la cabeza.

—Dicen que te hicimos daño.

—Sé lo que les pasó —respondió Elyra con dificultad—. Esta fuerza se está apoderando de los animales del bosque. Si sigue extendiéndose, otros sufrirán.

Mili se arrodilló a su lado.

—Descansa un poco —pidió Mili.

Elyra asintió y recostó la cabeza. Mili permaneció a su lado.

Anastacia dejó a Flor en el suelo y se arrodilló junto a Elyra, lo bastante cerca para que no tuviera que esforzarse por oírla.

—La aldea todavía te necesita —dijo—. Mili te necesita. Déjanos intentar ayudar.

La princesa no sabía cómo tratar aquellas heridas. Sostuvo la mano de la anciana entre las suyas, buscando darle algún consuelo mientras pensaba qué podía hacer.

Recordó a Sião. Aquella mañana había pedido al dios una respuesta para sus propias dudas. Ahora, ante Elyra, tenía una petición más urgente.

Cerró los ojos y rezó en silencio para que ayudara a la anciana.

Durante unos instantes siguió oyendo la respiración difícil de Elyra y los movimientos de Mili a su lado. Entonces los sonidos comenzaron a parecer lejanos.

Anastacia apretó suavemente la mano que sostenía, pero ya no podía sentirla. Tampoco sentía el suelo bajo sus rodillas. No se había levantado; aun así, era como si la casa entera se alejara de ella.

Las voces desaparecieron.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba en un lugar lleno de luz. No había paredes ni árboles. Una presencia se acercó y Anastacia supo quién era antes de que hablara.

—Sião.

El dios al que había dirigido tantas oraciones estaba ahora ante ella.

—Más que nunca, te necesitamos —dijo—. Ha llegado tu momento.

Anastacia intentó responder.

La luz desapareció. Por un instante oyó a Mili llamarla. Entonces su cuerpo perdió las fuerzas y se desmayó.


Un encuentro que no fue casual — escena de La señal del bosque

Cuando despertó, Flor estaba apoyada en su brazo.

Mili se inclinó sobre ella.

—¿Me oyes?

Anastacia asintió e intentó sentarse. Gili y Satobear observaban desde la entrada mientras algunas dudurimas se apartaban para darle espacio.

—¿Qué pasó?

Una voz respondió detrás de Mili:

—Eso también me gustaría saber.

Elyra estaba de pie.

Anastacia miró el lugar donde había estado acostada la anciana. Después volvió a mirarla. Elyra respiraba tranquila y su mano ya no temblaba.

Mili se levantó y la abrazó. Por unos instantes, la anciana solo tuvo que quedarse allí, acariciando la espalda de la pequeña defensora.

—Fue cuando me tocaste —explicó Elyra a la princesa—. El dolor desapareció.

Anastacia miró sus propios dedos.

—No sabía lo que estaba haciendo.

—Nunca he visto una curación así. Quizá solo los dioses puedan explicarla.

Elyra pidió a los demás que les dieran un momento. Mili tardó en soltarla, pero terminó saliendo con las otras dudurimas. Los dos osos se alejaron de la entrada.

Anastacia se quedó con Flor en el regazo.

La anciana se sentó frente a ellas.

—Necesito contarte algo. Sobre esta bebé dragón.

La princesa acarició el pelo blanco.

—¿Sobre Flor?

—La encontré antes que tú. Estaba sola en el bosque, todavía muy pequeña. La traje a la aldea porque no quería dejarla desprotegida.

Anastacia levantó la mirada.

—¿Tú la cuidaste?

Elyra asintió.

—Esa misma noche, Sião se me apareció. Me pidió que la dejara otra vez en el bosque.

—¿Por qué?

—En aquel momento no lo entendí. Fue difícil obedecer. Pero hoy, al verlas juntas, empecé a comprender.

La anciana miró a Flor, acomodada en los brazos de la princesa.

—Eras tú quien debía encontrarla.

Anastacia guardó silencio. Recordó las raíces quemadas y la pequeña criatura que había recogido entre ellas. Durante años había pensado en aquel encuentro como una suerte en un lugar donde casi todo había sido destruido.

—Sião también se me apareció —contó—. Cuando toqué tu mano. Dijo que me necesitaba.

Elyra escuchó con atención.

Anastacia todavía no sabía quién controlaba a los animales ni qué encontraría en aquella cueva. Pero la anciana estaba sentada ante ella, curada. Afuera, Mili contaba a los habitantes que Elyra estaba bien.

La princesa acercó a Flor a Elyra. La bebé dragón levantó el hocico para oler los dedos que la anciana le ofrecía.

—Gracias por haberla cuidado —dijo Anastacia.

Elyra acarició el pelo blanco. Después tomó la mano de la princesa entre las suyas.

—Hoy tú cuidaste de mí.