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Los prisioneros de la Corona

Los amigos que protegieron a la princesa deben enfrentar ahora el juicio de la Corona.

El ataque a la aldea — escena de Los prisioneros de la Corona

Anastacia aún tenía a Flor en su regazo cuando oyó el primer estruendo.

La princesa, hija del rey Alfred, estaba en la Aldea Oculta, una comunidad de dudurimas escondida en el bosque. Había llegado acompañada de Flor, su dragona bebé, y de Satobear y Gili, dos osos que habían sido liberados de una fuerza que los controlaba.

En la casa de la anciana Elyra, Anastacia comenzaba a encontrar algunas respuestas. La líder de las dudurimas conocía los peligros que amenazaban el bosque y acababa de revelarle que había cuidado de Flor antes que ella. La princesa quería saber más, sobre todo acerca de las voces que habían atraído a los osos a una cueva.

El segundo impacto hizo temblar la pared.

Mili abrió la puerta. La pequeña dudurima, una de las defensoras de la aldea, sostenía el bastón con ambas manos.

—Están entrando por el paso del bosque.

Elyra se levantó.

Fuera, los habitantes corrían entre las casas. Otras dudurimas intentaban contener a los invasores con sus bastones. Eran criaturas del bosque, pero se movían de forma desordenada y golpeaban todo lo que encontraban a su paso.

Satobear y Gili estaban cerca de la entrada de la casa.

—Están como estábamos nosotros —dijo Gili.

Anastacia reconoció los ojos oscuros. Vio cómo una de las criaturas cambiaba de dirección y avanzaba hacia ella. Mili se colocó delante de la puerta.

—Me han seguido —dijo la princesa, retrocediendo con Flor.

Elyra observó el camino que seguían los animales.

—Entonces tenemos que sacarte de aquí.

—¿Y la aldea?

—Nos alejaremos de las casas. Ven conmigo.

La anciana salió por un lateral y llamó a Satobear y Gili. Mili los acompañó, manteniendo el bastón entre el grupo y las criaturas que se acercaban.

El sendero entre las raíces — escena de Los prisioneros de la Corona

Anastacia corrió tras Elyra. Flor saltó de sus brazos y voló bajo a su lado. Cruzaron un paso estrecho entre dos viviendas y entraron en un sendero cubierto de raíces.

La anciana conocía el camino. Indicaba dónde pisar y apartaba las ramas antes de que la princesa chocara con ellas. Detrás de los árboles todavía oían los golpes y las llamadas de las otras defensoras.

Anastacia miró atrás una vez.

—Sigue —le pidió Mili—. Estoy aquí.

Solo redujeron el paso cuando los sonidos de la aldea quedaron lejos.

Satobear se detuvo junto a un tronco, respirando deprisa. Gili miró hacia el sendero por el que habían pasado. Flor aterrizó cerca de Anastacia, que la recogió en brazos.

Elyra alzó una mano, pidiendo silencio.

Había alguien delante.

Entre los árboles, Anastacia vio armaduras reales. Reconoció a los soldados antes de distinguir al hombre que iba al frente.

—¡Padre!

La orden del rey — escena de Los prisioneros de la Corona

El rey Alfred estaba acompañado por los hombres que la buscaban. Al verla se acercó deprisa. Su mirada pasó por la capa manchada de tierra, por Flor y por los dos osos que estaban detrás de ella.

—Por fin te encontramos.

Anastacia dio un paso hacia él.

—La aldea ha sido atacada. Necesitamos ayuda.

Alfred miró a Elyra y Mili. Después volvió a observar a los osos.

—Ven aquí, Anastacia.

—Ellos me ayudaron a salir de allí.

El rey hizo una señal a los soldados.

—Prended a las criaturas.

Anastacia se detuvo.

Los hombres se desplegaron alrededor del grupo. Satobear gruñó cuando una lanza se acercó a su pecho. Gili retrocedió hasta encontrar a otro soldado detrás de ella. Mili alzó el bastón, pero Elyra le sujetó el brazo.

—Padre, no estás escuchando. Son mis amigos.

Un guardia sujetó a Anastacia del brazo. Otro se acercó para quitarle a Flor.

—Ella viene conmigo —dijo la princesa, apretando a la dragona bebé contra su cuerpo.

—Entrega la criatura al soldado —ordenó Alfred.

Flor se aferró a la capa. Anastacia intentó apartar la mano del guardia, pero él la sujetó de la muñeca mientras el otro tomaba a la dragona bebé.

—¡Tened cuidado con ella!

Flor lanzó un chillido agudo. La princesa intentó alcanzarla y volvieron a sujetarla.

Alfred condujo a su hija hasta el caballo y la sentó en la silla delante de él. Detrás de los soldados, Mili seguía intentando explicar quién era Elyra. Nadie le respondió.

—Llevadlos a todos al castillo —dijo el rey.

Anastacia se volvió cuando el caballo empezó a andar. Buscó a Flor entre las armaduras, pero los soldados ya habían cerrado el paso.


En el castillo, los guardias llevaron a los prisioneros por otro camino.

Anastacia intentó seguirlos, pero Alfred la llamó antes de que llegara a la escalera.

—Mañana se reunirá el consejo. Estate preparada.

—¿Dónde van a poner a Flor?

—Los guardias se encargarán.

—Quiero saber dónde va a estar.

Alfred indicó a los hombres que la acompañaran. Llevaron a la princesa hasta su habitación y la cerradura giró cuando los guardias salieron.

Permaneció cerca de la puerta unos instantes. Todavía le dolían los brazos desde que le habían quitado a Flor.

Lejos de Flor — escena de Los prisioneros de la Corona

Fue hasta la ventana. Desde allí podía ver los jardines y parte de las calles de la capital. Conocía aquel lugar desde pequeña, igual que conocía a los hombres que se sentarían a la mesa del consejo a la mañana siguiente.

Eran representantes de las grandes familias que se repartían las tierras del reino. Debían obediencia a Alfred, pero competían entre sí por el mando de los soldados, la protección de los caminos y la influencia sobre las decisiones de la Corona.

El reino tenía buenas cosechas y las arcas llenas. Aun así, las disputas entre las familias y los ataques a las aldeas hacían que toda reunión acabara hablando de seguridad.

Anastacia sabía cómo presentarían a sus amigos: criaturas encontradas en el bosque, algunas implicadas en ataques. Los consejeros no habían visto a Gili asustada por sus propios recuerdos, ni a Elyra indicándole a la princesa dónde pisar para no caer durante la huida.

Tenía que contar lo sucedido antes de que decidieran por ella.

Pasó parte de la noche ordenando sus recuerdos. Separó lo que había visto de lo que solo sospechaba. Los osos habían sido controlados. Las mariposas los habían liberado. Mili y Elyra habían acogido al grupo. Y todos la habían ayudado cuando atacaron la aldea.

Cuanto más repasaba los hechos, más difícil le resultaba aceptar que estuvieran presos por aquello.


El juicio — escena de Los prisioneros de la Corona

A la mañana siguiente, un guardia abrió la puerta y acompañó a Anastacia hasta la sala del consejo.

Los prisioneros no estaban allí.

La princesa buscó a Flor por un instante, antes de darse cuenta de que solo encontraría a los consejeros, a su padre y a los hombres que custodiaban las entradas.

Alfred le indicó que permaneciera cerca de su asiento.

A la derecha del rey estaba Charles, hermano de Alfred y tío de Anastacia. También era el padre de Aurora, la prima de la princesa. Anastacia buscó la mirada de su tío, pero él siguió atento a la conversación de los otros consejeros.

Unos asientos más allá estaba Leon, el marido de Aurora. Él también formaba parte del consejo, junto a su suegro, Charles. Al ver llegar a Anastacia, Leon la saludó con un breve gesto.

Cuando todos se acomodaron, Charles tomó la palabra.

—Los ataques están aumentando. Ayer encontraron a la hija del rey entre esas criaturas. Debemos impedir que se repita.

—Me estaban ayudando —dijo Anastacia.

Charles volvió el rostro hacia ella.

—Después de atacarte.

—Los dos osos me atacaron mientras los controlaban. Elyra y Mili no me hicieron ningún daño.

Al otro lado de la mesa, Arthur Raven seguía la discusión con las manos apoyadas ante él. Su familia, los Raven, era una de las más influyentes del reino, y a él le correspondía representarla en el consejo.

—¿Cómo puedes estar segura de ese control? —preguntó a la princesa.

Anastacia explicó lo que había visto en los ojos de los animales y cómo habían cambiado tras la llegada de las mariposas. Contó que Satobear y Gili no recordaban los ataques y que, una vez recuperados, la habían acompañado para intentar comprender lo sucedido.

Arthur escuchó hasta el final.

—¿Puedes garantizar que no volverán a atacar?

Anastacia tardó un instante en responder.

—No. Pero Elyra conoce esa fuerza. Puede ayudarnos a descubrir qué está pasando.

—Entonces admites que siguen siendo un riesgo.

—Estoy diciendo que tenemos que escucharlos.

Charles, el tío de Anastacia, se inclinó sobre la mesa.

—Mientras intentamos entenderlo, hay gente que teme salir de casa. No podemos devolver esas criaturas al bosque y esperar que todo vaya bien.

Algunos consejeros estuvieron de acuerdo. Otros recordaron que el grupo había protegido a Anastacia durante la huida. Las voces empezaron a superponerse.

Leon, el marido de Aurora, apartó la silla y se levantó. Hasta entonces había escuchado el relato de Anastacia y las objeciones de los demás consejeros sin intervenir.

—Encerrarlos puede impedir que esos dos osos vuelvan a atacar —dijo—. Pero había otras criaturas en la aldea. ¿Qué haremos con ellas?

Charles cruzó los brazos y miró a su yerno.

—Nos enfrentaremos a ellas si hace falta.

—¿Y después? —preguntó Leon—. ¿Cuántas más aparecerán mientras sigamos sin saber qué provoca los ataques?

El consejero Arthur Raven se volvió hacia Leon.

—¿Propones que liberemos a los prisioneros?

—Propongo que tengamos en cuenta todo lo ocurrido. Atacaron, fueron liberados de algo y después ayudaron a la princesa. Ese cambio necesita una explicación.

Anastacia miró a Leon. Era la primera vez desde que regresó al castillo que alguien en aquella sala parecía dispuesto a tomar en serio lo que contaba.

—Elyra no tuvo tiempo de explicármelo todo —añadió—. El ataque comenzó mientras hablábamos. Necesito hablar con ella.

Arthur volvió a dirigirse al rey.

—Majestad, la princesa les ha tomado cariño a esas criaturas. Es comprensible. Pero la seguridad de las aldeas no puede depender de ese afecto.

Anastacia sintió que le ardía la cara.

—Yo estaba allí.

Arthur siguió mirando a Alfred.

—Y no solo somos responsables de quienes estaban allí.

Leon apoyó las manos en la mesa.

—Precisamente. Si hay algo capaz de controlar a los animales del bosque, debemos descubrir cómo detenerlo. Mantener a estos prisioneros en las celdas no responde a esa pregunta.

El debate continuó. Al poco tiempo, los consejeros discutían sobre el reparto de soldados, la protección de las tierras de cada familia y decisiones antiguas que algunos todavía le reprochaban al rey.

Anastacia intentó seguirlos, pero los nombres de sus amigos desaparecieron de la conversación. Hablaban de criaturas, de riesgos, de fronteras. Volvió a mirar a su padre.

Alfred permanecía sentado, escuchando.

Por fin, levantó la mano.

—Votaremos.

Uno a uno, los consejeros dijeron si los prisioneros debían ser liberados o seguir detenidos. Anastacia contó las posturas en silencio. Cuando Arthur Raven votó por mantenerlos presos, comprendió que no conseguirían la mayoría.

El resultado lo confirmó.

Los prisioneros permanecerían en las celdas.

Anastacia miró a Alfred, esperando que dijera algo. El rey se levantó y recorrió la mesa con la mirada.

—La mayoría ha decidido mantenerlos detenidos. Por ahora, eso se hará.

Charles, el hermano del rey, empezó a recoger los papeles que tenía delante.

—Pero este asunto no está cerrado —continuó Alfred.

Los movimientos alrededor de la mesa cesaron.

—Esas criaturas ayudaron a mi hija. También hay informes de que atacaron a otras personas. Necesitamos comprender qué ocurrió para que actuaran de las dos maneras.

Arthur se recostó en la silla.

—Ya hemos discutido los riesgos, Majestad.

—Y seguimos sin conocer su causa.

Alfred apoyó una mano sobre la mesa.

—Mañana, a la misma hora, este consejo volverá a reunirse. Quiero que traigáis respuestas.

Nadie se opuso a la nueva convocatoria, pero algunos consejeros se levantaron sin mirar al rey.

Anastacia permaneció donde estaba mientras la sala se vaciaba. La decisión aún podía cambiar. Aquella mañana, sin embargo, no había logrado recuperar a ninguno de sus amigos.

La puerta vacía — escena de Los prisioneros de la Corona

Al salir, preguntó al guardia si podía ver a Flor.

—No he recibido autorización, alteza.

Él la acompañó por el pasillo. Anastacia caminó en silencio hasta su habitación y abrió la puerta, dejando espacio junto a sus piernas, como siempre hacía para que Flor entrara primero.

Esperó un instante antes de darse cuenta.

Entonces entró sola.